domingo, 20 de febrero de 2011

EL RETRATO DE DORIAN GRAY, Oscar Wilde

ECA Estudio y Centro de Aprendizaje
Capítulo 19

–No me digas que vas a ser bueno –exclamó lord Henry, sumergiendo
los dedos en un cuenco de cobre rojo lleno de agua de
rosas–. Eres absolutamente perfecto. Haz el favor de no cambiar.
Dorian Gray movió la cabeza.
–No, Harry, no. He hecho demasiadas cosas horribles en mi vida. No
voy a hacer ninguna más. Ayer empecé con las buenas acciones.
–¿Dónde estuviste ayer?
–En el campo, Harry. Solo, en una humilde posada. –Mi querido muchacho
–dijo lord Henry sonriendo–, cualquiera puede ser bueno en el
campo, donde no existen tentaciones. Ése es el motivo de que las personas
que no habitan en ciudades vivan todavía en estado de barbarie. La
civilización no es algo que se consiga fácilmente. Sólo hay dos maneras.
O se es culto o se está corrompido. La gente del campo carece de ocasiones
para ambas cosas, de manera que sólo conocen el estancamiento.
–Cultura y corrupción –repitió Dorian–. Sé algo acerca de esas dos cosas.
Ahora me parece terrible que vayan alguna vez unidas. Porque tengo un
nuevo ideal, Harry. Voy a cambiar. Creo que ya he cambiado.
–No me has contado cuál ha sido tu buena acción de ayer. ¿O fue más
de una? –preguntó su interlocutor, mientras vertía sobre su plato una pequeña
pirámide carmesí de fresas maduras, blanqueándolas luego con
azúcar mediante una cuchara perforada en forma de concha.
–Te lo puedo contar a ti, Harry, aunque a nadie más. Renuncié a perjudicar
a una persona. Parece pretencioso, pero ya entiendes lo que quiero
decir. Era muy hermosa, y extraordinariamente parecida a Sibyl Vane.
Creo que fue eso lo primero que me atrajo de ella. Te acuerdas de Sibyl,
¿no es cierto? ¡Cuánto tiempo parece que ha pasado! Hetty, por supuesto,
no es una persona de nuestra posición, tan sólo una chica de pueblo.
Pero me había enamorado. Estoy completamente seguro de que la quería.
Durante todo este mes de mayo tan maravilloso que hemos disfrutado
iba a verla dos o tres veces por semana. Ayer se reunió conmigo en un
huerto. Las flores de los manzanos le caían sobre el pelo y se reía mucho.
Íbamos a escaparnos juntos hoy por la mañana al amanecer. De repente
decidí que no cambiara por mi culpa.
–Imagino que la novedad de ese sentimiento te habrá proporcionado
un estremecimiento de auténtico placer –le interrumpió lord Henry–. Pero
estoy en condiciones de contarte el final de tu idilio. Le diste buenos
consejos y le rompiste el corazón. Ése ha sido el comienzo de tu
enmienda.

–¡Qué desagradable eres, Harry! No debes decir cosas tan espantosas.
A Hetty no se le ha roto el corazón. Lloró, por supuesto, y todo lo demás.
Pero no ha perdido la honra. Puede vivir, como Perdita, en su jardín de
menta y caléndulas.
–Y llorar por la infidelidad de Florisel –dijo lord Henry, riendo, mientras
se inclinaba hacia atrás en la silla–. Mi querido Dorian, tienes curiosas
ideas de adolescente. ¿De verdad crees que esa muchacha se contentará
ahora con alguien de su posición? Imagino que algún día la casarán
con un carretero mal hablado o con un labrador chistoso. Y el hecho de
haberte conocido, y de haberte amado, le permitirá despreciar a su marido,
lo que la hará perfectamente desgraciada. Desde el punto de vista de
la moral, no puedo decir que tu gran renuncia me impresione demasiado.
Incluso como modesto principio es muy poquita cosa. Además,
¿quién te dice que en este momento Hetty no flota en algún estanque iluminado
por las estrellas y rodeada de lirios, como Ofelia?
–¡Eres insoportable, Harry! Te burlas de todo y acto seguido imaginas
las tragedias más espantosas. Siento habértelo contado. Me tiene sin cuidado
lo que digas. Sé que he actuado bien. ¡Pobre Hetty! Cuando pasé a
caballo esta mañana por delante de su granja, vi su rostro en la ventana,
como un ramillete de jazmines. Vamos a no hablar más de ello, y no trates
de convencerme de que mi primera buena acción en muchos años, el
primer intento de autosacrificio de toda mi vida es en realidad otro pecado
más. Quiero ser mejor. Voy a ser mejor. Cuéntame algo sobre ti. ¿Qué
está pasando en Londres? Hace días que no voy por el club.
–La gente sigue hablando de la desaparición del pobre Basil.
–Yo pensaba que ya se habrían cansado después de tanto tiempo
–exclamó Dorian, sirviéndose un poco más de vino y frunciendo ligeramente
el ceño.
–Mi querido muchacho, sólo llevan seis semanas hablando de ello, y el
público británico necesita tres meses para soportar la tensión mental que
requiere un cambio de tema. De todos modos, ha tenido bastante suerte
en estos últimos tiempos. Primero fue el caso de mi divorcio y el suicidio
de Alan Campbell. Ahora se les ofrece la misteriosa desaparición de un
artista. Scotland Yard sigue insistiendo en que la persona con un abrigo
gris que el nueve de noviembre tomó el tren de medianoche camino de
Francia era el pobre Basil, y la policía gala afirma que Hallward nunca
llegó a París. Supongo que dentro de un par de semanas se nos dirá que
lo han visto en San Francisco. Es una cosa extraña, pero de todas las personas
que desaparecen acaba diciéndose que las han visto en San

Francisco. Debe de ser una ciudad encantadora, y posee todos los atractivos
del mundo venidero.
–¿Qué crees tú que le ha sucedido a Basil? –preguntó Dorian, colocando
la copa de borgoña a contraluz, y preguntándose cómo era posible
que hablara de aquel asunto con tanta calma.
–No tengo ni la más remota idea. Si Basil decide esconderse no es
asunto mío. Si ha muerto, no quiero pensar en él. La muerte es la única
cosa que de verdad me aterra. La aborrezco.
–¿Por qué? –preguntó el más joven con tono cansado.
–Porque –respondió lord Henry, llevándose a la nariz una vinagrera
dorada y aspirando el olor– en la actualidad se puede sobrevivir a todo,
pero no a eso. La muerte y la vulgaridad son los dos hechos del siglo XIX
que carecen de explicación. El café lo tomaremos en la sala de música,
Dorian. Has de tocar a Chopin en mi honor. El individuo con quien se escapó
mi mujer tocaba Chopin de manera verdaderamente exquisita.
¡Pobre Victoria! Le tenía mucho cariño. La casa se ha quedado muy sola
sin ella. Por supuesto la vida matrimonial no es más que una costumbre,
una mala costumbre. Pero la verdad es que lamentamos la pérdida incluso
de nuestras peores costumbres. Quizá sean las que más lamentamos.
Son una parte demasiado esencial de nuestra personalidad.
Dorian no dijo nada, pero se levantó de la mesa y, pasando a la habitación
vecina, se sentó ante el piano y dejó que sus dedos se perdieran sobre
el marfil blanco y negro de las teclas. Cuando trajeron el café dejó de
tocar y, volviéndose hacia lord Henry, dijo:
–Harry, ¿se te ha ocurrido pensar alguna vez que quizá Basil Hallward
haya muerto asesinado?
Lord Henry bostezó.
–Basil era muy popular, y siempre llevaba un reloj Waterbury. ¿Por
qué tendrían que haberlo asesinado? No era lo bastante inteligente como
para hacerse enemigos. Es cierto que poseía un gran talento para la pintura.
Pero una persona puede pintar como Velázquez y ser perfectamente
aburrido. Basil lo era. Sólo me interesó una vez, y fue cuando me dijo,
hace años, que te adoraba locamente, y que eras el motivo dominante de
su arte.
–Yo le tenía mucho cariño –dijo Dorian con una nota de tristeza en la
voz–. Pero, ¿no dice la gente que lo han asesinado?
–Lo dicen algunos periódicos, pero a mí no me parece nada probable.
Sé que hay lugares terribles en París, pero Basil no era el tipo de persona
que va a esos sitios. No tenía curiosidad. Era su principal defecto.

–¿Qué dirías, Harry, si te confesara que había asesinado a Basil? –dijo
el más joven. Luego se lo quedó mirando fijamente.
–Diría, mi querido amigo, que tratas de representar un papel que no te
va en absoluto. Todo delito es vulgar, de la misma manera que todo lo
vulgar es delito. No está en tu naturaleza, Dorian, cometer un asesinato.
Siento herir tu vanidad diciéndolo, pero te aseguro que es verdad. El crimen
pertenece en exclusiva a las clases bajas. No se lo censuro ni por lo
más remoto. Imagino que para ellos es como el arte para nosotros, una
manera de procurarse sensaciones extraordinarias.
–¿Una manera de procurarse sensaciones? ¿Crees, entonces, que una
persona que una vez ha cometido un asesinato podría reincidir en el mismo
delito? No me digas que eso es cierto.
–Cualquier cosa se convierte en placer si se hace con suficiente frecuencia
–exclamó lord Henry, riendo–. Ése es uno de los secretos más importantes
de la vida. Pero me parece, de todos modos, que el asesinato es
siempre una equivocación. Nunca se debe hacer nada de lo que no se
pueda hablar después de cenar. Pero vamos a olvidarnos del pobre Basil.
Me gustaría poder creer que ha terminado de una manera tan romántica
como tú sugieres, pero no puedo. Mi opinión, más bien, es que se cayó
en el Sena desde la victoria de un autobús, y que el conductor echó tierra
sobre el asunto para evitar el escándalo. Sí; imagino que fue así como
acabó. Lo veo tumbado de espaldas bajo esas aguas de color verde mate
con las pesadas barcazas pasándole por encima y con las algas enganchadas
en el pelo. ¿Sabes? No creo que hubiera hecho en el futuro nada que
mereciera la pena. Durante los últimos diez años su pintura había caído
mucho.
Dorian dejó escapar un suspiro, y lord Henry cruzó la habitación y
empezó a acariciar la cabeza de un curioso loro de Java, un ave de gran
tamaño y plumaje gris, cresta y cola rojas, que se mantenía en equilibrio
sobre una percha de bambú. Al tocarle aquellos dedos afilados, dejó caer
la blanca espuma de sus párpados arrugados sobre ojos semejantes a
cristales negros, y empezó a mecerse.
–Sí –continuó lord Henry, volviéndose y sacando un pañuelo del bolsillo–,
pintaba cada vez peor. Era como si hubiera perdido algo. Probablemente
un ideal. Cuando dejasteis de ser grandes amigos, Basil dejó de
ser un gran artista. ¿Qué fue lo que os separó? Imagino que te aburría soberanamente.
Si es así, nunca te lo perdonó. Es una costumbre que tienen
las personas aburridas. Por cierto, ¿qué ha sido de aquel maravilloso retrato
que te hizo? No creo haber vuelto a verlo desde que lo terminó. ¡Sí,
claro! Hace años me dijiste, ahora lo recuerdo, que lo habías enviado a

Selby y que se perdió o lo robaron por el camino. ¿Nunca lo recuperaste?
¡Qué lástima! Era realmente una obra maestra. Recuerdo que quise comprarlo.
Ojalá lo hubiera hecho. Pertenecía al mejor periodo de Basil. Desde
entonces, su obra ha tenido esa mezcla curiosa de mala pintura y buenas
intenciones que siempre da derecho a decir de alguien que es un artista
británico representativo. ¿No publicaste anuncios para intentar recuperarlo?
Deberías haberlo hecho.
–No lo recuerdo –dijo Dorian–. Supongo que lo hice. Pero lo cierto es
que nunca me gustó de verdad. Siento haber posado para él. Su recuerdo
me resulta odioso. ¿Por qué hablas de aquel retrato? Siempre me recordaba
esos curiosos versos de alguna obra, creo que Hamlet… ¿cómo son,
exactamente?
¿O eres como imagen de dolor,
como un rostro sin alma?
Sí: eso es lo que era.
Lord Henry se echó a reír.
–Si una persona trata la vida artísticamente, su cerebro es su alma
–respondió, hundiéndose en un sillón. Dorian Gray movió la cabeza y
extrajo del piano algunos acordes melancólicos.
–«Imagen de dolor» –repitió–, «rostro sin alma».
Su amigo de más edad se recostó en el sillón y lo contempló con los
ojos medio cerrados.
–Por cierto, Dorian –dijo, después de una pausa–, «¿y qué aprovecha al
hombre»… , ¿cómo acaba exactamente la cita?, «ganar todo el mundo y
perder su alma?»
El piano dejó escapar una nota desafinada y Dorian Gray, sobresaltado,
se volvió a mirar a lord Henry. –¿Por qué me preguntas eso, Harry?
–Mi querido amigo –dijo lord Henry, alzando las cejas en un gesto de
sorpresa–, te lo preguntaba porque te creía capaz de darme una respuesta.
Eso es todo. Cuando iba por el Parque este último domingo, me encontré,
cerca de Marble Arch, un grupito de gente mal vestida escuchando
a un vulgar predicador callejero. Cuando pasaba por delante, oí cómo
aquel hombre le gritaba esa pregunta a su público. Todo ello me pareció
bastante dramático. En Londres abundan los efectos curiosos como ése.
Un domingo lluvioso, un vulgar cristiano con un impermeable, un círculo
de blancos rostros enfermizos bajo un techo desigual de paraguas goteantes,
y una frase maravillosa lanzada al aire por unos labios histéricos
y una voz chillona… , estuvo bastante bien, a su manera: toda una

sugerencia. Se me ocurrió decirle al profeta que el Arte sí tiene un alma,
pero no el ser humano. Mucho me temo, de todos modos, que no me hubiera
entendido.
–No digas eso, Harry. El alma es una terrible realidad. Se puede comprar
y vender, y hasta hacer trueques con ella. Se la puede envenenar o
alcanzar la perfección. Todos y cada uno de nosotros tenemos un alma.
Lo sé muy bien.
–¿Estás seguro, Dorian?
–Completamente seguro.
–¡Ah! entonces tiene que ser una ilusión. Las cosas de las que uno está
completamente seguro nunca son verdad. Ésa es la fatalidad de la fe y la
lección del romanticismo. ¡Qué aire más solemne! No te pongas tan serio.
¿Qué tenemos tú y yo que ver con las supersticiones de nuestra época?
No; nosotros hemos renunciado a creer en el alma. Toca un nocturno para
mí, Dorian, y, mientras tocas, dime, en voz baja, cómo has hecho para
conservar la juventud. Has de tener algún secreto. Sólo te llevo diez
años, pero tengo arrugas y estoy gastado y amarillo. Tú eres realmente
admirable, Dorian. Nunca me has parecido tan encantador como esta noche.
Haces que recuerde el día en que te conocí. Eras bastante impertinente,
muy tímido y absolutamente extraordinario. Has cambiado, por
supuesto, pero tu aspecto no. Me gustaría que me dijeras tu secreto. Haría
cualquier cosa para recuperar la juventud, excepto ejercicio, levantarme
pronto o ser respetable… ¡Juventud! No hay nada como la juventud.
Es absurdo hablar de la ignorancia de la juventud. Las únicas personas
cuyas opiniones escucho con respeto son las de personas mucho más jóvenes
que yo. Parecen ir por delante de mí. La vida les ha revelado sus
maravillas más recientes. En cuanto a las personas de edad, siempre les
llevo la contraria. Lo hago por principio. Si les pides su opinión sobre algo
que sucedió ayer, te dan con toda solemnidad las opiniones que corrían
en 1820, cuando la gente llevaba medias altas, creía en todo y no sabían
absolutamente nada. ¡Qué hermoso es eso que estás tocando! Me pregunto
si Chopin lo escribió en Mallorca, con el mar llorando alrededor
de la villa donde vivía, y con gotas de agua salada golpeando los cristales.
¡Maravillosamente romántico! ¡Es una bendición que todavía nos
quede un arte no imitativo! No te detengas. Esta noche necesito música.
Me pareces el joven Apolo, y yo soy Marsias, escuchándote. Tengo mis
propios sufrimientos, Dorian, de los que ni siquiera tú estás enterado. La
tragedia de la ancianidad no es ser viejo, sino joven. A veces me sorprende
mi propia sinceridad. ¡Ah, Dorian, qué feliz eres! ¡Qué vida tan exquisita
la tuya! Has bebido hasta saciarte de todos los placeres. Has

saboreado las uvas más maduras. Nada se te ha ocultado. Y todo ello no
ha sido para ti más que unos compases musicales. Nada te ha echado a
perder. Sigues siendo el mismo.
–No soy el mismo, Harry.
–Sí que lo eres. Me pregunto cómo será el resto de tu vida. No la estropees
con renunciaciones. En el momento presente eres la perfección misma.
No te hagas voluntariamente incompleto. No te falta nada. No muevas
la cabeza: sabes que es así. Además, Dorian, no te engañes. La vida
no se gobierna ni con la voluntad ni con la intención. La vida es una
cuestión de nervios, de fibras, y de células lentamente elaboradas en las
que el pensamiento se esconde y la pasión tiene sus sueños. Quizá te
imaginas que estás a salvo y crees que eres fuerte. Pero un cambio casual
de color en una habitación o en el color del cielo matutino, un determinado
perfume que te gustó en una ocasión y que te trae recuerdos sutiles,
un verso de un poema olvidado con el que te tropiezas de nuevo, una cadencia
de una composición musical que has dejado de tocar… Te aseguro,
Dorian, que la vida depende de cosas como ésas. Browning escribe
acerca de ello en algún sitio, pero nuestros propios sentidos lo inventan
para nosotros. Hay momentos en los que el olor a lilas blancas me domina
de repente, y tengo que vivir de nuevo el mes más extraño de mi vida.
Bien quisiera cambiarme contigo, Dorian. El mundo no se cansa de denunciarnos
a los dos, pero a ti siempre te ha rendido culto. Y siempre lo
hará. Eres el prototipo de lo que busca esta época nuestra y tiene miedo
de haber encontrado. ¡Me alegro muchísimo de que nunca hayas hecho
nada, de que nunca hayas tallado una estatua, ni pintado un cuadro, ni
producido nada distinto de tu persona! La vida ha sido tu arte. Has hecho
música de ti mismo. Tus días son tus sonetos.
Dorian se levantó del piano y se pasó la mano por el cabello.
–Sí; la vida me ha dado placeres exquisitos –murmuró–, pero voy a
cambiar, Harry. Y no debes hacerme esos elogios tan excesivos. No lo sabes
todo. Creo que si lo supieras, también tú te alejarías de mí. Ríes. No
debieras hacerlo.
–¿Por qué has dejado de tocar, Dorian? Vuelve al piano y obséquiame
otra vez con ese nocturno. Contempla la enorme luna color de miel que
cuelga en la oscuridad. Está esperando a que la encandiles, y si tocas se
acercará más a la tierra. ¿No quieres? Vayámonos entonces al club. Ha sido
una velada deliciosa y debemos acabarla de la misma manera. Hay alguien
en el White que tiene un deseo inmenso de conocerte: se trata del
joven lord Poole, el hijo mayor de Bournemouth. Ya te ha copiado las

corbatas, y ahora me suplica que te lo presente. Es un muchacho encantador
y me recuerda mucho a ti.
–Espero que no –dijo Dorian, con una expresión triste en los ojos–. Lo
cierto es que esta noche estoy cansado, Harry. No voy a ir al club. Son casi
las once y quiero acostarme pronto.
–Quédate, por favor. Nunca habías tocado tan bien como esta noche.
Había algo maravilloso en tu estilo. Resultaba más expresivo que nunca.
–Eso se debe a que voy a ser bueno –respondió él, sonriendo–. Ya he
cambiado un poco.
–Para mí no puedes cambiar –dijo lord Henry–. Tú y yo siempre seremos
amigos.
–En una ocasión, sin embargo, me envenenaste con un libro. Eso no lo
olvidaré. Harry, prométeme que nunca le prestarás ese libro a nadie. Hace
daño.
–Mi querido muchacho, es cierto que estás empezando a moralizar.
Muy pronto saldrás por ahí como los conversos y los evangelistas, poniendo
a la gente en guardia contra todos los pecados de los que ya te has
cansado. Eres demasiado encantador para hacer una cosa así. Además,
no sirve de nada. Tú y yo somos lo que somos, y seremos lo que seremos.
En cuanto a ser envenenado por un libro, no existe semejante cosa. El arte
no tiene influencia sobre la acción. Aniquila el deseo de actuar. Es
magníficamente estéril. Los libros que el mundo llama inmorales son libros
que muestran al mundo su propia vergüenza. Eso es todo. Pero no
vamos a discutir sobre literatura. Ven a verme mañana. Iré a montar a
caballo a las once. Podemos hacerlo juntos y luego te llevaré a almorzar
con lady Branksome. Es una mujer encantadora, y quiere hacerte una
consulta sobre ciertos tapices que piensa comprar. No te olvides de venir.
¿O te parece mejor que almorcemos con nuestra duquesita? Dice que
ahora no te ve nunca. ¿Acaso te has cansado de Gladys? Ya pensaba yo
que terminaría por sucederte. Esa lengua suya tan inteligente acaba por
exasperar a cualquiera. De todos modos, no dejes de estar aquí a las
once.
–¿Es necesario que venga, Harry?
–Por supuesto. Ahora el Parque está maravilloso. Creo que no ha habido
nunca unas lilas tan hermosas desde el año en que te conocí.
–Muy bien. Estaré aquí a las once –dijo Dorian–. Buenas noches,
Harry.
Al llegar a la puerta, vaciló un momento, como si tuviera algo más que
decir. Luego dejó escapar un suspiro y abandonó la habitación.

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